Transmutaciones:
infiernos y paraísos
(extracto) “nadie transmuta la materia si no se ha transmutado sí mismo”
No se trata de repetir, con una sencilla inversión de los
valores, la belleza de la carroña. En su primera fase, la metamórfosis pasa por el sufrimiento
y la muerte de la substancia. Mas allá de las representaciones pintadas o esculpidas, de las cuales rebosa la historia del arte religioso o profano, el uso concreto de todo o parte del cuerpo animal, que sea en los ritos religiosos, las recetas mágicas, como en el trabajo de Dolores Saubion, corresponde, según el modo de la substitución simbólica, a la implicación del propio cuerpo del hombre en el proceso de la transmutación –el reino animal es a la vez el todo del que el hombre biológico forma parte y su origen, su infancia. La desintegración nos vuelve a enviar a un estado de caos material y espiritual. Un estado primero primordial, o sea: embrionario. Desde la concepción hasta el parto, el proceso creativo repite el origen de la vida. En la obra de Dolores Saubion, la descomposición orgánica representa paradójicamente la gestación ( es así como en ciertas esculturas, los residuos animales están puestos bajo vidrio, encerrados en un film de plástico o globos transparentes, como en un huevo). Elemento de descomposición pero también agente de transmutación( o redención) – ya que esta encargado, por lo menos simbólicamente, de animar, es decir dar la vida a la materia orgánica - el animal es sin embargo más bien un intercesor del hombre ante la naturaleza y la materia bruta, que un alter ego. El creador no puede satisfacerse, para sí mismo, de la condición de sencilla criatura, aunque fuese divina. De ahí, su interlocutor de elección no será ni una divinidad aérea, ni un animal reptante sino su síntesis en un dios-animal a su medida, es decir como él, a la vez vertical y terrestre. Es este sentido recobrado de las esculturas tótemes de Dolores Saubion, en las que se unen las dos fuerzas contradictorias y complementarias que animan la condición humana: Movimiento hacia lo bajo de la substancia que al descomponerse en añicos vuelve a ser polvo, movimiento hacia lo alto de las imágenes incorporales sacadas de los detallas mismos de la materia degradada. Del negro instinto, que es una de las propiedades del caos, van a surgir o volver a surgir vectores de luz, los colores, de los cuales Zenon de Gyzique decía que eran los primeros esquemas de la materia. Primeras edades y primeras sensaciones: el color es el elemento inaugural de la materia que nace. Es la infancia del mundo y de sus representaciones, el instante que sigue o que precede inmediatamente el estado ideal de la luz pura. Inmaterial pero concreto, inasequible pero visible, el color es paradójico. En oposición al universo diabólico ( el diablo es el que separa) y a la noche oscura de sus infiernos, he aquí el mundo luciferino (portador de luz), mundo anterior o posterior a la desintegración debida al pensamiento discursivo así como a la visión confusa del caos. Sin forma, sin textura o casi, los colores de Un paraíso para los hombres están a lo más cerca de su esencia: verdaderos gozos visuales, representan el paraíso de las sensaciones, territorio de la luz y unidad en la pluralidad, mundo de las translaciones, de las mutaciones, de las correspondencias. La investigación interior no es la meta de los artistas u otros transmutadores de materia. Su propia transformación es una condición previa y una etapa hacia el descubrimiento del mundo mediante el conocimiento de los secretos y mecanismos internos de la naturaleza. Lo que motiva la búsqueda de Dolores, no es la voluntad de llegar a una meta (la producción de objetos artísticos) sino la necesidad de vivir un hacer, una experiencia tanto del espíritu como del cuerpo, una acción a la vez concreta y abstracta, literal y simbólica. De manera más o menos consciente, reitera el proceso elaborado por generaciones de creadores, herreros, alquimistas, artistas…. Volver a empezar, repetir, el trabajo de la obra representa, con sentido fuerte: no solo ritual alegórico sino acto repetido e innovador. La aparición de la luz en el corazón mismo de las
tinieblas es una gracia que no es la recompensa de un largo viaje
en la noche, sino la iluminación repentina, siempre posible
y potencialmente presente, regenerada a cada momento por el acto
creador. Volver de los infiernos, es el camino de ese arte, como
superación, y pues también como perdida. De esa manera
la luz no se despide tanto de la oscuridad – ya que la pareja
sombra-luz son indisociables – como de la materia misma de
su sombra. |